Rosa Martínez: «El primer mal que acecha a los saleros de Villena es su desconocimiento»

  • 4 febrero, 2026
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Rosa Martínez: «El primer mal que acecha a los saleros de Villena es su desconocimiento»

La villenera Rosa Martínez Espinosa lleva más de 20 años dedicada a la investigación. Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Alicante y vicerrectora de Relaciones Internacionales y Cooperación para el Desarrollo, lidera el grupo de investigación “Bioquímica aplicada”—referente a nivel mundial— sobre el uso de los microorganismos de los saleros de Villena, Santa Pola y la Laguna Rosa de Torrevieja en cuatro ámbitos distintos.

Tal y como reconoce, Rosa estudió Biología por casualidad: ella quería ser médica, pero al coincidir en la carrera con profesores de la talla de Eduardo Cadenas (discípulo del investigador Alberto Sols) o Frutos Marruenda, y al profundizar en las características de las enzimas —especialmente en las de microorganismos raros presentes en las salinas—, supo que quería dedicar su vida a investigarlas.

P. Actualmente diriges en la Universidad de Alicante un grupo de investigación. ¿En qué estáis trabajando?

R. Tenemos cuatro líneas de investigación y todas parten del uso de microorganismos de saleros, no solo de Villena, sino también de Santa Pola y de la Laguna Rosa de Torrevieja.
En la primera línea analizamos el uso de microorganismos —o de sus enzimas— para tratar aguas residuales, tanto urbanas como industriales. Recientemente hemos solicitado un proyecto para tratar también salmueras y residuos de explotaciones mineras, donde hay una alta presencia de metales.

En la segunda línea usamos microorganismos para fabricar nanopartículas metálicas: pequeñas “bolitas” o filamentos de cobre, oro o plata, que se forman cuando estos microorganismos viven en aguas contaminadas con dichos metales. Estas nanopartículas interesan porque ya se utilizan en procesos de generación de energía y también en biomedicina, como “vehículos” para transportar fármacos a zonas muy concretas de un órgano.

En otra línea de investigación nos centramos en un pigmento que producen estos microorganismos, la bacteriorruberina, que da color al agua de los saleros en verano. Lo hemos aislado y caracterizado, y hemos comprobado que tiene actividad anticancerígena. También puede potenciar el sistema inmune, reducir la glucosa en sangre —pensando en personas con diabetes— y movilizar grasas, lo que abre puertas en el abordaje del síndrome metabólico o la hipercolesterolemia.

Por último, la cuarta línea de investigación es la generación de bioplásticos. Estos microorganismos producen compuestos que, químicamente, se parecen a los plásticos: para ellos son una reserva de energía y alimento. La ventaja es que son biodegradables. Los plásticos convencionales, derivados del petróleo, persisten muchísimo en el medioambiente. Este bioplástico se degrada al sol y al aire en poco tiempo y da lugar a compuestos asimilables por el entorno.

P. La aplicación de estas investigaciones, ¿es a muy largo plazo o está más cerca de lo que podemos pensar?

R. Todo depende de si la línea de trabajo puede contar con una financiación sin interrupciones. El tratamiento de aguas ya es real: hemos publicado un artículo con un método para tratar aguas textiles en colaboración con una empresa de Villena, y eso se puede aplicar inoculando el microorganismo en tanques de tratamiento.

En cuanto al pigmento, ya se ha ensayado en células (cáncer de mama, leucemia) y en el sistema inmune, pero para pasar a estudios clínicos con pacientes falta tiempo: probablemente no antes de ocho o diez años.

Sobre las nanopartículas, están a escala de laboratorio y queremos pasar a escala piloto si llega financiación.

Por último, el bioplástico lo producimos en laboratorio y estamos en el diseño de piezas de material quirúrgico y prótesis. En este ámbito, con una financiación continuada, en unos cuatro años podríamos tener las primeras piezas piloto para validar y quizá en seis años ya podrían estar en el mercado.

P. En tu discurso al recibir la Arracada 2025 hablaste de la falta de financiación. ¿Qué es lo más difícil en España para investigar?

R. Lo más difícil es contar con financiación continuada, sin interrupciones. La investigación en microbiología, biología molecular o medicina es muy cara: los reactivos son costosos. En un año, un proyecto puede irse fácilmente a 300.000 o 400.000 euros si cuentas también los salarios.

En España, la investigación se financia a través de convocatorias anuales del Ministerio, de la conselleria y de la Unión Europea. Se presentan proyectos que un comité de expertos evalúa y puntúa. Puede que un año consigas una nota excelente y llegue mucho dinero, pero nada te garantiza que lo vuelvas a conseguir al año siguiente. Esto no pasaría si en España se cambiara el modelo por otro con una financiación básica garantizada que ya funciona en países nórdicos y también en algunos países de Latinoamérica. Si produces y generas un bien social, se mantiene ese básico; si no rindes, se retira la financiación.

Salero de Penalva en Villena

P. También en este discurso advertiste de amenazas sobre los saleros de Villena. ¿Qué les acecha?

R. Me quedaría con tres amenazas. La primera, el desconocimiento: si no se sabe que están ahí, no se protegen ni se cuidan. En Villena hay elementos muy visibles y ya reconocidos, pero los saleros han pasado desapercibidos y solo los conoce bien quien ha vivido cerca o ha tenido relación familiar o laboral con ellos.

La segunda amenaza es el entorno. Hay saleros —el Salero Nuevo y el Salero Viejo— que están muy cerca de un punto de recogida masiva de residuos. Si la gestión no se hace bien, los lixiviados y filtraciones pueden acabar afectando a las alimentación de la salmueras y los suelos de los saleros.

La tercera amenaza es el uso del suelo y la presión sobre el territorio. En el caso del salero de Penalva, está cerca de zonas con instalación masiva de plantas solares, con un impacto importante en el terreno. Además, las empresas explotadoras tienen que lidiar con una regulación compleja —incluida la minera— que a veces dificulta mantener o ampliar la explotación.

P. ¿Qué pasaría si las empresas que gestionan los saleros abandonasen la actividad?

R. Se perdería uno de los grandes tesoros que tiene Villena. No solo por el paisaje: hay especies vegetales endémicas que, si se pierden aquí, se pierden del planeta. Y los microorganismos son un patrimonio enorme: estamos descubriendo propiedades con aplicaciones en medicina e industria, y también en la naturaleza, por ejemplo, para tratar aguas y suelos contaminados. Si se rompe el ciclo de llenado de las balsas, esos microorganismos podrían desaparecer.

P. ¿Se puede convertir este patrimonio natural en un recurso turístico sin dañar el ecosistema?

R. Con buena planificación y diseño, es una oportunidad para Villena. Desde la Universidad de Alicante, en colaboración con el Ayuntamiento de Torrevieja y con Parajes Naturales de la Comunidad Valenciana, estamos desarrollando un proyecto para determinar un modelo turístico que respete las salinas de este municipio.

Se está pensando en crear un centro de interpretación ambiental, junto con una fábrica biotecnológica capaz de producir lodos con propiedades equivalentes a los naturales, cultivando los microorganismos en un entorno controlado. Además, se plantea un hotel con vistas a la laguna, ubicado en uno de sus bordes para evitar que el tránsito de vehículos y personas impacte negativamente en el paraje natural.

P. Para terminar: ¿qué consejo darías a los jóvenes interesados en la ciencia?

R. Si lo tienen claro, que persigan el sueño. No es fácil: requiere cultura del esfuerzo, pero es posible. Que no consientan que nadie les diga que “no se puede”.

La sensación de estar en el laboratorio y saber que eres la primera persona en el mundo que ha visto un resultado, y ser consciente del impacto que puede tener… esa sensación no se iguala a nada. Es única. Y solo por eso, aunque ocurra una vez en la vida, merece la pena.

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