La Navidad que queramos tener
- 24 diciembre, 2025
- Comentarios
La Navidad es, para muchos, una época del año que invita inevitablemente a la nostalgia. Tal vez porque el calendario nos empuja a detenernos, a mirar atrás y a comparar. Comparamos cómo eran nuestras Navidades antes y cómo son ahora. Comparamos mesas más largas con otras que hoy tienen sillas vacías. Comparamos risas que ya no suenan igual. Y ese ejercicio, casi siempre involuntario, duele.
Duelen las ausencias provocadas por la distancia, física o emocional. Personas que un día formaron parte de nuestra vida y que, por elección propia o ajena, dejaron de estar. La Navidad tiene esa capacidad extraña de iluminar lo bonito, pero también de señalar con un foco implacable todo lo que falta.
Quizá por eso la verdadera magia de estas fechas esté en no darle demasiada importancia a lo que “debería ser” la Navidad. A lo que se espera que sintamos, que hagamos o que celebremos. Tal vez consista en liberarnos de la obligación de la felicidad impuesta, de las tradiciones vividas por inercia, y permitirnos una Navidad más a nuestra medida.
En España, la Navidad ha estado siempre llena de costumbres que nos conectan con la tierra y con la memoria: el belén montado con paciencia, el árbol adornado año tras año con las mismas figuras, las ramitas de pino, el romero o el musgo recogidos para dar vida a los paisajes de nuestros nacimientos. Son tradiciones sencillas que hablan de un tiempo en el que celebrar era más un acto de reunión que de exhibición.
Con el paso del tiempo, otras costumbres importadas han ido asentándose con fuerza: Papá Noel conviviendo —y a veces compitiendo— con los Reyes Magos o las plantas de hojas rojas ocupando cada rincón de casas y escaparates. No es necesariamente malo; las tradiciones también evolucionan, se mezclan y se reinventan, igual que nosotros.
Y si hay algo que simboliza esa evolución es el encendido de las luces navideñas, cada vez más adelantado en el calendario. Nos gustan porque la luz es alegría. Porque rompe la monotonía gris del invierno, porque calientan aunque no suba la temperatura. En los días cortos, cuando anochece demasiado pronto y el sol se deja ver poco, las luces artificiales dibujan sombras distintas, colorean las calles y nos invitan a levantar la vista.
No sólo iluminan escaparates. Iluminan el ánimo. Hacen que dé menos pereza salir de casa, que apetezca abrigarse y caminar sin rumbo, que la ciudad vuelva a latir más viva. Bajo esas luces se reactivan los paseos, los encuentros improvisados, las conversaciones que empiezan con un “¿tomamos algo?” y acaban siendo un regalo inesperado.
Se dice que las luces también empujan al consumo, y a veces caemos en el exceso: demasiados días, demasiada intensidad, demasiada necesidad de deslumbrar. ¡Hay ciudades compitiendo por verse desde el espacio! Quizá no haga falta tanto para conseguir lo esencial. Recordar que la luz está para acompañar. Para ayudarnos a salir del caparazón, a compartir la calle y a sentir, aunque sea por un rato, que el invierno pesa un poco menos.
En mi caso, hay una costumbre de la que he sido el impulsor, pero no recuerdo ni porqué ni cuando empezó: regalar muérdago en Navidad y quemarlo después por Santa Lucía.
La primera vez que leí sobre el muérdago fue en los cómics de Astérix y Obélix, con el druida Panorámix saliendo en la noche a recogerlo con su hoz, como algo sagrado y poderoso. Desde entonces, la idea se quedó ahí, flotando, hasta convertirse en un pequeño ritual.
El muérdago no sólo está ligado a la buena suerte. También es símbolo de PAZ, tan necesaria. Regalar muérdago supone, dicen, reforzar la protección sobre la persona que lo recibe. Se le atribuye la capacidad de proteger contra las enfermedades y la inseguridad, de alejar lo que pesa y de atraer lo que reconforta. Y hay una creencia especialmente bonita: que un beso bajo una ramita de muérdago atrae el amor o lo mantiene fuerte, como si ese gesto sencillo pudiera sellar una promesa silenciosa.
No sé si todo esto es efectivo o no. Tal vez el poder no esté en la planta, sino en el gesto, en la intención, en el acto compartido de creer —aunque sea por un momento— que algo bueno puede empezar o terminar con el fuego.
Al final, quizá de eso va la Navidad: de gestos pequeños que sostienen lo grande, de rituales imperfectos que nos ayudan a seguir, de recuerdos que a veces duelen y de otros que, sin darnos cuenta, nos salvan. Va de aceptar lo que hay y también lo que no está, sin forzarlo, sin maquillarlo demasiado, dejando espacio a la nostalgia sin permitir que nos paralice.
Tal vez la magia no esté en repetir exactamente lo que fue, ni en cumplir con todo lo que se espera que sea una Navidad perfecta. Quizá esté en permitirnos vivirla como podamos y como sepamos, con lo que tenemos hoy. En una luz que nos invita a salir a la calle, en un muérdago regalado con intención, en una mesa distinta que sigue siendo mesa, en un recuerdo que ya no duele tanto cuando se comparte.
Así que, para terminar, sólo queda desearos una Feliz Navidad. Con luces, con recuerdos, con ausencias y con lo que buenamente haya. Si algo sale torcido, siempre podremos echarle la culpa al año, al frío… o a que el muérdago no era de buena calidad. Sin grandes exigencias. Sin comparaciones innecesarias.
Y ahora sí, el mejor consejo que se puede dar: sed buenos. Pero buenos de verdad. No sólo un rato, no sólo estos días. Buenos pa siempre.
Feliz Navidad. Merry Christmas. Joyeux Noël. Buon Natale. Frohe Weihnachten. Feliz Natal. Bon Nadal. Bo Nadal. Eguberri On.