Siglo veinte, cambalache
- 6 febrero, 2026
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Veinte años escribiendo para Portada.info, Ahí es na. Aunque en bastantes ocasiones he faltado a mi compromiso. Pero esta sección como tal nace en su segunda etapa, cuando la periodicidad del periódico impreso pasa a ser mensual. Y cuando decidí se llamase “Cambalache” lo hice porque una de las acepciones de la palabra es revoltijo. Y eso es exactamente lo que iba a ser esto: un revoltijo de opiniones, sentimientos, críticas, homenajes y algún que otro desahogo emocional sin receta médica.
Pero si llegué a esta palabra fue, sin duda, por el icónico tango de Enrique Santos Discépolo, que critica la corrupción y el caos moral con una lucidez que ya quisiéramos para algunos editoriales actuales. A mí me llegó, además, en la voz de Serrat, que siempre suma gravedad y prestigio.
El célebre tango fue compuesto en 1934, y sin embargo sigue reflejando la actualidad:
“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé / en el quinientos seis y en el dos mil también…”
No reproduzco toda la letra, pero busquen, busquen… y luego me cuentan si no les produce una risa nerviosa. La letra es descorazonadora, sí, pero el ritmo del tango le da un aire desenfadado, irónico, casi como diciendo: “Esto es un desastre, pero vamos a bailarlo”.
Vivimos tiempos convulsos. Tiempos que generan ansiedad, angustia y una necesidad constante de decir “madre mía” mirando al vacío. Y aunque no hay recetas milagrosas —o ya las venderían en cápsulas—, sin escondernos ni apartar la vista, siempre nos quedará la música, y el humor y los humoristas que proliferan ahora por redes pero que siempre estuvieron ahí. Y un compedio de todo, las chirigotas de Cádiz (patrimonio inmaterial de la lucidez colectiva).
Me considero una persona con sentido del humor. De hecho, es de las pocas virtudes que me atrevo a reconocer sin que se me caiga la cara de vergüenza. Me sale solo. Como los gases después de las lentejas. Heredado, seguro, de mi madre… aunque mi padre tampoco iba corto.
Que si hay que ponerse en modo drama queen, también me pongo, no nos vamos a engañar. Hay días que el cuerpo lo pide.
Sonrío casi siempre. Trato de endulzarle la vida a la gente con historias, anécdotas y algún chisme bien seleccionado. Sé que hago comentarios que, pronunciados por otros, no sentarían nada bien, y sin embargo a mí me los ríen y celebran. No sé por qué.
Igual es el tono. O la cara. O que parezco inofensivo.(Lo soy. Casi siempre).
Espontáneo también. Y de sentido del ridículo ando más bien escaso, aunque he tenido mis épocas.
Hacer “gracia” (o resultar “gracioso”) se me ha dado bien desde pequeño. Aprendí a imitar a Doña Rogelia, imitaba las canciones de Heidi en un japonés inventado, pero creíble. De ese que dices: “No entiendo nada, pero suena auténtico”.
Me gustaba hacer teatro. Amateur, claro. Y los papeles cómicos me iban al dedillo. Tenía una facilidad pasmosa para cambiar letras de canciones y hacer versiones humorísticas. Mi grupo musical favorito, sin discusión, INHUMANOS. Mis sobrinos son fieles testigos… y sufridores.
Por supuesto, no eran los únicos. Tengo gustos musicales amplios y variados, pero en materia de desenfado y socarronería, pocos como los autores del Sinca 1000 y demás joyas del género.
Quise ser actor y humorista. La comedia es mi género, sin duda. Pero no con la fuerza ni la convicción suficientes. Quise ser escritor pero me faltaba talento y también disciplina. Luego maestro, pero me faltaba paciencia. Y terminé estudiando Derecho por lo práctico y por un “sentido romántico de la justicia ”que se esfumó con el primer día de carrera. Trabajo ejerciendo una profesión que algunos días me gusta y otros detesto profundamente, como todo hijo de vecino. Es verdad que da pocas oportunidades para ser gracioso, aunque sí para ser ingenioso. Porque la gracia no suele estar en el hecho en sí, sino en las circunstancias que lo rodean… y, al parecer, en la forma enfática y divertida en que, precisamente yo, lo cuento.
La anécdota profesional de mayor repercusión, porque ya me ha encargado yo de dársela, por supuesto, fue aquella vez en que me dormí en un juicio mientras diversos peritos exponían la dinámica de un accidente de tráfico. Y el siestorro quedó grabado. No fue aburrimiento. Venía de un proceso gripal chungo y la medicación me tenía en modo stand-by. Todo ello sumado al hecho de que tengo una gran capacidad de abstracción: puedo ausentarme mentalmente de una conversación, una película, un concierto, una conferencia, una clase… o un juicio, en segundos.
¡Lo que se ha perdido el mundo escénico! Cada vez que escucho que alguien dejó los estudios o prometedoras carreras, para entrar en la academia de teatro pienso: ese podría haber sido yo. Pero me faltaron arreos.
Por eso, si alguien rebusca en mis redes sociales, verá que la mayoría de mis “seguidos” (no perseguidos) son humoristas. Ellas y ellos.. Qué envidia esos monólogos, esas miradas afiladas sobre la realidad, esas risas bien puestas.
Y entonces pienso: ¿Y si yo lo intentase? ¿Y si me pusiera a generar contenido para subir en redes? Quién sabe si estaré próximamente en las pantallas de sus smartphone, tablets o PC.
De eso va el Cambalache de esta edición: un revoltijo sin orden ni certezas, con humor, ironía y alguna verdad incómoda. Porque si el mundo insiste en ser un disparate, al menos que nos pille señalándolo, riéndonos… y sin fingir que no lo hemos visto.
FELIZ AÑO 2026