Un parpadeo cálido

  • 25 diciembre, 2025
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Un parpadeo cálido

En veinte años de ausencia no había sentido la necesidad de volver a una ciudad que ya no creía suya, a un hogar que dejó de serlo hace mucho. Para él solo era un trámite que debía de cumplir. Nada más. Por eso había hecho el viaje en vísperas de Nochebuena y a pesar de la intensa nevada que había caído los días precedentes. 

Su padre ya estaba enterrado y nada se podía hacer. La muerte le había sobrevenido de repente y las autoridades pertinentes habían tardado más de la cuenta en dar con el paradero del único familiar conocido, que casualmente era él. Y él quería darle carpetazo cuanto antes al asunto, así que recorrió los casi quinientos kilómetros que lo separaban de Villena para recoger las llaves de manos del notario y poner la casa de sus padres en venta cuanto antes.
La vivienda estaba situada al caer de la calle Blasco, en un recodo donde el sol se colaba apenas unas horas y con disimulo en las tardes de primavera. Entró con las llaves prestadas, sin ganas, sin nostalgia, sin intención alguna de quedarse más tiempo del estrictamente necesario. Él, que se juró marcharse para siempre. Él, que dejó Villena sin mirar atrás cuando apenas era un adolescente tan seguro de sí mismo como asustado.

Habían pasado veinte años desde la última vez que cruzó esa puerta que ahora se le resistía, como si quisiera negarle la entrada después de tanto tiempo. Mientras forcejeaba con la cerradura, recordó aquella tarde en que discutió con su padre. Ambos dijeron cosas de las que después se arrepintieron. Él a menos se arrepintió. Pero el orgullo de uno y del del otro jamás les permitió rectificar, pararse a pensar, buscar un acercamiento. 

Luego el tiempo se encargó de agrandar una distancia que ya era insuperable. La herida quedó ahí, abierta. La madre había muerto demasiado pronto, y con ella se fue todo lo que sostenía la casa como un hogar. Padre e hijo privados de ese sostén, solo fueron capaces de chocar una y otra vez hasta aquella tarde que lo rompió todo. El padre se quedó y el hijo decidió marcharse lejos.

A pesar de las advertencias del notario, al acceder a la vivienda sintió cómo la piel se le erizaba. «La casa está tal cual», le había dicho aquel al entregarle las llaves, pero él no se esperaba lo que se encontró dentro.
El salón lo recibió como si el tiempo no hubiera pasado. El belén colocado en la cómoda. Las figuritas de diferentes tamaños. La oveja a la que le faltaba una oreja. El árbol a su lado, decorado de bolas que seguían brillando a pesar de los años que tenían. El espumillón descolorido. Y en la ventana, la que daba a la calle, aquellas viejas guirnaldas que su padre se empeñaba en seguir colocando como un ritual sagrado. Todo estaba preparado. Todo aguardaba una Nochebuena que ya no tendría dueño.

Antes de que la muerte lo sorprendiera, su padre había decidido decorar la casa para Navidad. Como había hecho siempre. Quizás hubiera continuado con esa tradición todos esos años a pesar de su soledad. Quizás esperara que su hijo volviera algún día. Quizás supo de la cercanía de su final y quiso hacerlo una última vez. Quizás… Qué importaba, solo eran teorías que carecían ya de sentido.

Al principio solo sintió rabia: por el tiempo perdido, por los silencios enquistados, por las Navidades que no habían compartido. Pero pronto le llegaron los recuerdos en tromba. Él, de pequeño, subido a una silla colocando una estrella torcida sobre el árbol mientras su padre sujetaba la base. Él, riendo cuando el musgo del Belén inundaba el mantel. Él, creyendo que su padre era todo su mundo, su héroe.

¿Por qué motivo dejaron de hablarse?
Buscó la respuesta y no la halló.

Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la pared y lloró. No por la reciente muerte de su padre, sino por todo lo que no se dijeron. Por la infancia que acababa de regresar de golpe. Por el niño que aún habitaba esa casa esperando que alguien encendiera las luces.

Al marcharse, cerró la puerta con llave pero no con sabor de despedida. Ya no quería venderla; ahora solo deseaba volver. Rehabilitarla, recomponerla, reparar aquello que aún era suyo.

Y cuando bajó a la calle Blasco, aquella a la que apenas visitaba el sol, creyó ver —o quizá solo sentir— un destello breve en las guirnaldas de la ventana. Un parpadeo cálido.
Como si, por un instante, alguien le hubiera dicho «bienvenido a casa».

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