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Quedan pocas opciones

Quedan pocas opciones
17 marzo
2019
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El discurso de Greta Thunberg, la niña sueca de 15 años se ha vuelto, afortunadamente, viral. Lo que empezó siendo una “chiquillada” a las puertas del Parlamento nacional se está convirtiendo en un fenómeno que traspasa fronteras y moviliza a millones de personas.
Su mensaje es muy claro: acabo de llegar a este planeta y me encuentro con que la huella humana está siendo devastadora para la vida en el mismo y –esto es importante- quienes saben qué está sucediendo y tienen las herramientas para atajar este desastre no están haciendo nada para, al menos, detener la devastación. Por tal motivo, ella, totalmente enojada, se pone manos a la obra.
El título de este artículo es algo engañoso porque no son pocas sino dos opciones las que quedan: la indiferencia y el compromiso. Ambas son lícitas y, por lo tanto, elegibles; eso sí, son totalmente incompatibles. La primera opción es la que colabora en la destrucción de la vida en el planeta; la segunda, es la de Greta y millones de Gretas que ya están protestando.
Aceptar el compromiso de hacer algo es asumir que tenemos una sola casa y se llama planeta Tierra –aunque creo que debería ser denominado planeta Agua porque hay mucha más que suelo firme-; en él hemos nacido y en él moriremos. Por eso hay que preguntarse: ¿cómo vamos a vivir en nuestra casa?, ¿en qué condiciones?, ¿a costa de qué o quiénes?
Greta lo tiene muy claro: mi casa está muy sucia y no he sido yo porque acabo de llegar pero asumo la responsabilidad de limpiarla ya que quienes estuvieron y ahora están no tienen mucha intención de hacerlo.
Creo que, en el fondo, la situación es muy simple –que no es lo mismo que fácil-: el planeta nos garantiza todos los días la posibilidad de que los rayos del sol lleguen sin hacernos demasiado daño; nos proporciona agua para calmar nuestra sed, para miles de duchas diarias y, quien pueda, poder bañarse en las piscinas en verano; nos aporta recursos mineros de todo tipo para nuestro bienestar; nos llena la mesa con múltiples alimentos; nos permite respirar por medio de los árboles. Y todo ello sin cobrarnos nada porque no entiende de dinero, de acumularlo a espuertas, de hipotecas ni de planes de jubilación.
La primera piedra educativa que deberíamos interiorizar desde los escasos años de vida es ser personas agradecidas. Es lo mínimo que se puede pedir a todo el mundo pero no lo cumplimos cuando no valoramos al planeta su amabilidad por tantos y tantos recursos. Peor aún, despreciamos su solidaridad empezando por lo más sencillo como es tirar cosas al suelo, paso previo para, impunemente, contaminar la atmósfera, los acuíferos, ríos o suelos con la agricultura y la ganadería intensivas, etc. Y, lo que es peor, en medio de la normalidad e indiferencia más absoluta. Esto es propio de gente mal educada. Greta también lo tiene muy claro; por eso se queja y actúa.
Es muy cierto que la situación ideal es llegar al Parlamento español o a cualquier otro y legislar nuevas leyes pero es tarea ardua y, sobre todo, lenta. Hay que trabajar y luchar para ello pero, ¿qué podemos hacer mientras tanto? Fácil: todos los días pero todos los días, agradecer al planeta por lo que nos brinda, desde el aire que respiramos hasta los alimentos que nos permiten la energía para buscar nuestros proyectos vitales y todos los días mostrar ese agradecimiento apagando luces innecesarias, rechazando que te pongan la fruta en bolsas de plástico porque tú ya llevas un bolso de tela o, más cómodo, un carrito con ruedas; también reciclando –aunque creas que es estúpido porque has oído que, finalmente, se echa todo junto-, separando los restos orgánicos en la casa familiar, adquirir boc,n,rolls para erradicar el envoltorio del papel de aluminio que envuelven los bocadillos de tus hijas y un montón más de actividades.
Estas y muchas más acciones deben realizarse siempre sabiendo que hay deseo expreso de dar amor y solidaridad hacia el planeta Tierra en vez de indiferencia e individualismo atroces. Las nuevas generaciones, las que todavía no han nacido, sabrán darnos las gracias por esta labor. Pensemos en quienes vendrán, salgamos de nuestra tendencia a mirarnos el ombligo y abramos el campo visual y afectivo.
Greta y yo estamos en ello desde hace tiempo. ¿Alguien más se suma?

Fernando Ríos Soler

 

 

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