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Emoción, intriga y…dolor de barriga

Emoción, intriga y…dolor de barriga

Emoción, intriga y…dolor de barriga
22 agosto
2020
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Este era el lema, la máxima, la frase hecha, la consigna…elijan ustedes el sinónimo que prefieran, para dar por iniciadas las clases por parte de mi idolatrado José Antonio Flor, maestro de Educación Primaria con mayúsculas (Times New Roman o Arial 120 por lo menos sino más). 

La emoción de iniciar una nueva semana de aprendizaje por descubrimiento basado en una pedagogía lúdica, activa y participativa que nos embelesaba a los 34 alumnos/as del aula (yo era el número 17 y mi apellido empieza por N y quedaba la mitad del rebaño por listar). Siempre he pensado, y así lo he manifestado abiertamente y verbalizado a mis amistades, que la vocación no conoce de edad cronológica. Del mismo modo hay vejestorios de 22 añitos cuyos dos patitos de su edad son muy feos, pero tanto que “El patito feo” ganaría un concurso de belleza patuna a su lado; como jovenzuelos de 62 añazos quienes son maestros gran reserva que han ganado cuerpo, bouquet y firme con el paso de los años y, a un paso de su jubilación, son una enciclopedia andante pero de las de “Encarta”, no de la “Wikipedia”. Son eruditos, activos y participativos, y se seguirán formando, en las nuevas tendencias educativas, por los siglos de los siglos amen (ya ha salido mi vena católica, apostólica y romana y eso que me leí dos veces “Ética para Amador” en el insti) 

La intriga por no desvelarnos, hasta el último y mágico momento, qué íbamos a aprender ese día dando por buena otra frase de las de toda la vida como es “no te acostarás sin aprender algo nuevo”. Es mi opinión, pero asumo que esa intriga, esa positiva intriga, se ha perdido en este siglo, por y para siempre. La era de internet tiene aspectos muy positivos, que duda cabe, pero muchos negativos y corroboro que ésta es una de las grandes máculas tecnológicas que perjudican a los alumnos de hoy en día. 

El saber ya no “pertenece” al maestro, ya no es él/ella quien puede “disfrazarse” de Merlín, Houdini o David Copperfield para desvelarnos, por entregas-capítulos-fascículos, las facetas más sorprendentes del conocimiento humano, para eso ya está internet a golpe de clic con su Wikipedia, su YouTube o sus apps. El maestro/a ha sido desterrado del “Camelot” de la educación o, al menos ha sido rebajado del rango de mago al de bufón. No me malinterpreten, que el rol del bufón siempre me ha fascinado (de hecho tengo un pijama de bufón que en más de una ocasión, más de dos y más de tres he vestido, que no disfrazado, para hacer reír a alumnos/as y maestros/as durante las actividades programadas en la semana del libro aunque creo que se reían más de mí que conmigo pero, bueno, la risa justifica los medios. Corramos pues un denso velo para borrar de vuestra imaginación a un servidor vestido de bufón).

Confirmo que nuestro rol ha cambiado porque ya no contamos con la caja de Pandora del conocimiento, pues ya se encargaron Bill Gates, Steve Jobs o Mark Zuckerberg, ya no de abrirla, sino de forzar la cerradura y descomponerla en mil millones de megapíxeles.

El dolor de barriga eran los nervios, el cosquilleo, el nudo en el estómago…antes de un control, un examen de tema, un examen de subida de nota, un examen trimestral o la tan temida visita (por todos incluido nuestro propio maestro) del inspector de educación. Curioso este oficio y su desempeño, pues siempre se decía que venía sin avisar (como los tan temidos y odiados exámenes sorpresa) pero siempre se filtraba su llegada y unos días antes, sorprendentemente, hacíamos un hiper-mega-tocho repaso de lo, supuestamente aprendido, durante lo que llevábamos de curso sin venir a cuento y así preparábamos la visita sorpresa del Día I (digo I y no D por la I de Inspector claro está). 

Ese dolor de barriga era positivo puesto que constituía la “prueba del algodón” que el resultado del examen de turno te importaba, pues las semanas previas a la preparación del mismo (y vosotros diréis…” ay Carlos, Carlitos, te va a crecer la nariz como a Pinocho porque seguro que empezabas a estudiar para los exámenes los días previos al mismo) habíais hecho caso al angelito de vuestro hombro y habíais estudiado a conciencia dejando de lado al diablillo que pedía “ruta del bacalao”. A lo cual yo, por alusiones, responderé elegantemente: “Ni por asomo, por quién me habéis tomado, por uno de esos estudiantes con anorexia memorística que lo vomitaba todo el día del examen tras haberse atiborrado a letras y/o números según fuerais estudiantes de letras, ciencias, letras o ciencias mixtas de ahí el y/o). Confieso que yo estudiaba siempre con, mínimo, 49 horas de antelación (pues ya son más de dos días antes del juicio final, perdón del examen final, madre mía que lapsus y eso que yo siempre era de ética-valores sociales y cívicos-alternativa a la religión) 

Y llegados a este punto, seguro que estáis pensando, pero realmente: “¿de qué trata el artículo de esta semana?

Hacéis bien en preguntar, en ser escépticos y en dudar de mis “buenas intenciones” pero este retazo de escrito aspirante a articulillo trata de todo y de nada al mismo tiempo. Me he puesto filosófico gracias a mi estimado Fernando Savater en su, más profundo si cabe, bestseller institutero “Política para Amador” ese de la editorial Arial con tapas azules y que allá por el año 97 iba por su vigésimo segunda edición gracias, en parte, a la compra masiva por parte de unos adolescentes acneados, feromonados y pavonados (mira por dónde acabo de darle un puntapié en la espinilla del diccionario de la RAE creando, de la nada, adjetivos inventados de tres sustantivos inseparables de nuestra época adolescente: el acné, las feromonas y el pavo.)

En definitiva, trata de las citas. No de las de quedar con alguien especial sino de aquellas frases que se han quedado en nuestra retina, han pasado al córtex y de ahí, directas al hipotálamo para ser indisolublemente parte de nuestra esencia vital. De aquello que nos hace únicos, e intransferibles, de ser un copo de nieve distinto a los otros 7000 millones de personas que pueblan nuestro planeta. Ya para concluir y no rayar (o rallar según se mire su significado metafórico) más al personal, os dejo mi propio TOP 10 (ordenadas cronológicamente) de frases que han marcado, hasta el momento presente, mi existencia y la correspondencia con la persona que me espetó, por primera vez, la citada…cita.

–       “Más vale pájaro en mano que ciento volando.”: mi madre.

–       “El que ríe el último ríe mejor.”: mi madre.

–       “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.”: mi madre.

–       “Solo se ve con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.”: El Principito.

–       “Hasta el infinito…y más allá.”: Buzzligthyear.

–       “Son tiempos difíciles para los soñadores.”: Amélie Poulain.

–       “Yo nunca olvido una cara, pero con usted haré una excepción.”: Groucho Marx.

–       “Always look on the bright side of life.”: Brian Cohen. 

–       “Podría ser peor…podría llover.”: Frederick Fronkonstin.

–       “Je t’aime avec tout mon coeur.”: Ana Mª Terol Pardo.

PD: Animo a tod@s aquellos que han tenido la santa paciencia de llegar, incluso, hasta esta post data, de elaborar su propio TOP10 y comprobar si esas 10 frases podrán servir al algoritmo de Facebook para trazar un “perfil vital” de vosotros mismos, simple y puramente “echaros unas risas” al comprobar que la última frase que os “marcó” de veras es, literalmente, del siglo pasado (cuando las zapatillas de vuestros padres eran OVNIS como preludio de castigos sin fecha de caducidad como si fueran tarros de miel o los celos de vuestro queridísimos hermano/a pequeño se demostraban con el desempeño de oficios de toda la vida tales como peluqueros aficionados, ayudantes de laboratorio de “Cheminova” u optometristas consumados con rotura de patilla-puente-cristal) no os preocupéis porque es prueba inequívoca que, realmente, hubo emoción, intriga y…algún que otro dolor de barriga, en vuestra añorada infancia.

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