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Domingofobia

Domingofobia

Domingofobia
02 noviembre
2020
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No sé si lo que tengo tiene algún nombre científico, yo lo llamo domingofobia. Me gusta el domingo hasta la hora de comer, aproximadamente. Levantarse tarde, o madrugar para dar un paseo, llegar a casa, la propia o la de los parientes, comer y echar una cabezadita.

Después de eso, el domingo empieza a atravesarme el estómago. Se inicia con un agónico  lamento de “uff, y mañana lunes” , “otra semana más”, “lo que queda por delante” y así, expresión lacónica tras expresión lacónica, el domingo se me va echando encima angustiosamente.

No sé gestionar el domingo por la tarde. La gente que no padece de domingofobia suele ser gente bastante eficaz que aprovecha hasta el último minuto de ese día para preparar comida para la semana, ropas, mochilas para el cole y es capaz de irse a la cama con la tranquilidad del deber cumplido.

Yo no, me remuevo inquieto en el sofá, no me hago el ánimo ni de levantarme a beber agua, una cena de lo que sea, y a la cama. Me cuesta dormirme y el sueño suele ser inquieto, nada reparador. Como si la losa del lunes agotador se anticipase.

Pero no siempre fue así. Recuerdo que una vez, me gustaron los domingos por la tarde. Sobre todo  cuando olían a un rato de feria en octubre o noviembre, especialmente los ratos de  tómbola con mi padre. Me gustaban cuando al volver a casa, los domingos olían a ropa recién   planchada, el uniforme impecable para la mañana siguiente y cuando en la tele se veía Colombo, aquel detective desgarbado, con la gabardina arrugada…

Caía la noche, luego se dormía uno calentito en la cama y despertaba perezoso, cuando aún no teníamos despertador y era la madre la que venía a levantarte. El vaso de  leche, esperaba en la cocina, y ¡¡cómo  quemaba!,  aunque mi madre me repitiera una y mil veces que a penas la había calentado, o incluso que era natural del paquete recién abierto. El bocadillo, a la cartera y empezaba otra nueva semana, que traería un nuevo domingo, de bañera, de catequesis y misa, de feria o no, de Colombo o parecido, de olorcica a plancha.

¿Cuándo comenzó mi fobia al domingo tarde? Supongo que cuando empiezas a asumir responsabilidades, cuando te pasas el fin de semana estudiando porque el lunes tienes un examen, cuando de un día para otro, has terminado los estudios, pierdes la rutina y el domingo es un día cualquiera, nada que hacer, nada que celebrar, domingo o lunes, hay que buscarse algo con lo que ganarse la vida, cuando el domingo te deja más tiempo libre para pensar, cuando el domingo tienes que decidir programación semanal   o ir a salto de mata, como hago yo. Sólo pensar en eso me mata.

Es que hasta las noticias del domingo tarde/noche me parecen más tristes. Si tocan elecciones, mejor votar domingo en la mañana que en la tarde, metido ya en el bajón dominical.  Ni siquiera los domingos de cine en casa, ni los domingos de fútbol me hacen cambiar, excepto ayer que jugó Nadal y se me contagió un poco la alegría por el tenista, por el deporte y por el país.

Dicen que el séptimo día de la semana lo hizo Dios para descansar. Y lo que Dios dice, va a misa. Pero a mí, no me va bien el descanso dominical. Mis hijos tienen la respuesta para este síndrome mío: que me he hecho mayor. Ni más ni menos.

Amén.

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