Wassapeando

  • 12 noviembre, 2017
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Wassapeando

«Pimpimpinpi» otra notificación más del whatsapp que llega a mi terminal telefónico. Y ya van 200, según me asegura el numerito, que indecentemente aparece sobre un círculo naranja en el logotipo de la aplicación, para recordarte que no has cumplido con tus obligaciones y que debes leer con fluidez los mensajes que te llegan de amigos y conocidos. Los avisos del Whatsapp siempre ha sonado en mi móvil con fluidez y asiduidad pero lo de mi último grupo es casi obsceno.

No sé cómo el grupo de las de mi clase y las de al lado,- vamos las que ibamos a las Paulas en el mismo curso-, pasó de Facebook, con menos actividad que Villaconejos de Arriba a Whatsapp, con más vida que la Puerta del Sol de Madrid, un 31 de diciembre. Tras la primera euforia y los primeros números reconocibles porque estaba en mi lista de contactos, llegó la avalancha. Decenas de contactos de los que no reconocía ni el número ni la fotografía de la susodicha.

El primer trabajo fue ponerse manos a la obra y discriminar de quién era cada secuencia numérica, hasta que al final logramos descifrar los nombres de las 77 participantes en el grupo. Participantes en femenino, porque en aquellos años, los niños estaban desterrados de nuestras aulas. Algunas de ellas no les he podido dar un rostro más actual, detrás de hij@s, perros y paisajes mi memoria se ha esforzado en retroceder y les ha colocado la misma cara que, en aquella terrible fotografía de octavo de EGB, con el uniforme de la Paulas y aquellos peinados ochenteros, que todavía no se atrevían a despuntar porque éramos, por lo menos todavía, unas niñas buenas.

La segunda tarea fue acertar quienes eran del A y quienes de B, porque siempre juntas pero nunca revueltas y eso que las que sus apellidos comienzan por la letra «h», a veces, iban un año con unas y otro con las otras. No voy a ser yo quien diga que lo de «Pimpimpinpi» no llega a ser cansino. Pero a cambio del incesante sonido he retomado con algunas de ellas un saludo más afectuoso del que tenia acostumbrado. En lugar del consabido «hola, todo bien» y la respuesta «todo bien» mientras sigues caminando, los saludos de rigor se han convertido en largas sonrisas y un «nos vemos» porque claro, todo esto no tendría sentido alguno, sino terminará en una comida.

Además con las que se quedaron como amigas, más allá de los años de colegio, los recuerdos se han agolpado como algunas fotografías lo han hecho en el Whatsapp. Aquellos vestidos de algunos años, que fueron mejores o no; aquellos peinados de décadas que nunca volverán; el uniforme y el baby quedaron en el baúl de los recuerdos. Y sin embargo, la última tecnología, la que dominan mucho mejor nuestros hij@s que nosotras, ha logrado desempolvar las emociones y los recuerdos como fuese ayer, uno de aquellos día que cruzaba corriendo la entrada de las Paulas con las gafas, el flequillo, ansiosa de ver a las amigas y escondiéndome, tras la compañera de delante, para evitar que la monja de turno me sacara a la pizarra.

Y así como diría Michael Jackson : «Todos somos productos de nuestra infancia»

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